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| Cinco estrellas en el Amazonas |
| 15 Julio 2007 |
Uno : el amanecer.
Hay varias razones para levantarse muy temprano cuando se está navegando por el río Amazonas. De partida, aquí los amaneceres son casi tan coloridos como los atardeceres (que merecen - y tienen- capítulo aparte en este artículo), la temperatura aún es suave y agradable, y más allá de las barreras que separan a los pasajeros de las achocolatadas aguas del río Solimões puede apreciarse el silencioso trajinar de botes y el lánguido despertar de los pueblos que roban trozos de espacio a este verde pedazo de la amazonía brasileña.
De hecho, una de las gracias de la Ruta Río Solimões, que recorremos a bordo del crucero Grand Amazon, es que este brazo del mítico Amazonas está mucho más poblado que el río Negro, el otro circuito que realiza el mismo lujoso barco de la empresa Iberostar. ¿A qué se debe eso? Según el capitán, a la abundancia de pesca de este sector, producto de la mayor cantidad de alimentos que los propios peces encuentran de este lado. Simple. Entonces, el Solimões y la enmarañada red de brazos que la componen y que forman pequeños ríos y lagos, es generoso en peces como el gigantesco pirarucú (una elefantiásica bestia del porte de un hombre), tambaquís y pacús, algunas de las especies más apreciadas por estos pagos a la hora de sentarse a la mesa. Los mismos que llenan puestos y puestos en el agitado mercado pesquero de Manaos (por cierto, otro lugar harto interesante de conocer muy temprano, antes del amanecer).
A bordo del Grand Amazon, las cosas están planeadas para que uno no pase penurias. Aquí la idea es aventurarse en uno de los últimos rincones salvajes del mundo, el Amazonas claro, pero sin arriesgar más malos ratos que el inevitable accionar de los mosquitos (ojo, cuando se baja a tierra, porque mientras se está en medio del río, esos malditos bichos no son tema). Por eso, el programa de actividades a bordo incluye detallitos agradables como el Sunrise Lovers Breakfast, un muy tempranero desayuno servido en la última cubierta, donde puede probar la correcta cocina a bordo, mientras el cielo deja atrás el profundo azul oscuro para volverse celeste y luminoso hasta lo insoportable.
 Por cierto, si en el párrafo anterior reparó en eso del "programa de actividades a bordo", pues sí, lo hay. El Grand Amazon es como un hotel flotante. O mejor dicho, como un all inclusive. Un barco que pareciera que lo único que tiene en común con los "recreos", los otros transportes de pasajeros que recorren estas aguas, es que todos flotan. 
O sea, a bordo todo está incluido (salvo detallitos como capas de agua y lo que se vende en la tienda, desde luego), así que es cosa de llegar a la barra y ordenar. Las 74 habitaciones, incluidas dos suites, son cómodas y espaciosas (para una embarcación, se entiende; al menos, la ducha está separada del baño, algo no tan común en embarcaciones "turísticas", y todas tienen un agradable balcón, buen frigobar y hasta un pequeño escritorio). El restaurante es un amplio salón con camareros permanentes en cada mesa (así que pronto empieza a llamarlos por el nombre y a conocer sus historias, si es que le interesa), y además hay una discoteca y un cómodo teatro–bar, donde la última noche se presenta un show de ritmos brasileños. También está disponible un mini gimnasio, que combina saludablemente bien con el bufé de sándwiches y pizzas disponible en la última cubierta, para los que no quieren alejarse ni cinco minutos de la piscina al aire libre. Hay masajes de relajación, desde 85 reales la media hora, y reflexología desde 80 reales. Y está el programa de actividades: un "menú" que se renueva cada día con actividades en el barco o paseos de exploración a bordo de veloces y cómodas lanchas, para tratar de ver especies típicas, visitar aldeas ribereñas o recorrer senderos de trekking nada exigentes. Para "meterse" aunque sea un poco en la región, que no todo va a ser aire acondicionado y reposeras de madera donde echarse a dejar que el sol haga lo suyo.
Dos: el paseo nocturno.
A propósito de salidas en bote, una de las recomendables es la nocturna. El procedimiento es siempre el mismo: se dan unas cuantas pistas acerca de lo que se hará (esta vez, buscar fauna que opera especialmente de noche), se reparten chalecos salvavidas y listo. A recorrer. Esta vez, en la zona de Manaquirí. Los ojos bien adiestrados del guía se encargan del resto. En cosa de minutos, da con su presa: un pequeño ejemplar de jacaré, el pariente amazónico del cocodrilo, que los pasajeros podrán tocar y fotografiar hasta cansarse. Con algo de suerte, se alcanzan a ver serpientes, aves rapaces y hasta algunas flores que sólo aparecen a estas horas. También se alcanzan a vislumbrar enjambres de luces, que anuncian pueblos muy a lo lejos.
De regreso, la rutina es simple. Carrera a las habitaciones, duchazo, pantalones largos y a comer. Salvo la cena del capitán, que exige un look algo más formal (o sea, camisa manga larga, aunque los más veteranos se inclinan por el terno), el restaurante a bordo sólo exige evitar pantalones cortos y chancletas por las noches. Luego, un bajativo en el teatro–bar (donde hay sillones y mesitas para reunirse) o, mucho más recomendable, en la cubierta, aprovechando la brisa fresca, que ayuda a olvidar los treintaydemasiados grados que se sienten de día, y las luces que delatan algunas casas aisladas. Dependiendo de las ganas y el número de pasajeros, a veces funciona una discoteca. Según el interés, pasan alguna película. O cada cual se las arregla para entablar conversaciones con otros tan sin sueño como uno. Nada, en todo caso, supera la opción de pedir un trago, salir y seguir silenciosamente contando estrellas.
Tres: la visita al flutuante.
Las lanchas del Grand Amazon salen mañana y tarde (a veces, si hay interesados, se agrega una tercera salida muy temprano, para los observadores de aves), con objetivos bien claros. A veces puede ser sólo un paseo en lancha o un trekking en algún sector en la ribera del río Manacapurú. O, por la tarde, una salida para pescar pirañas en alguna laguna de la zona de Manaquirí (que son más bien ensanches o grandes recodos del río más que lagunas en sí), o sólo para recorrer el laberinto de canales que se desprenden de los brazos de un río mayor, en el sector del lago Janauacá, para alcanzar luego un flutuante: un centro comercial amarrado a la orilla del río o anclado en medio de su curso.
Los flutuantes son curiosos: los hay pequeños, como almacenes, donde se consiguen las provisiones básicas y, claro, cervezas; y grandes, que incluyen una amplia cabaña llena de artesanías, restaurante, bar y pista de baile para más tarde. Algunos, anclados a las orillas del río, tienen hasta sus propios senderos, pasarelas de madera para que los turistas de paso echen un vistazo a su pedazo de selva. O sus propias comitivas de bienvenidas: niños que manejan diestramente sus chalupas para acercarse a las lanchas con su cargamento de coloridas aves y perezosos, con los que se dejan fotografiar por los turistas a cambios de unos pocos reales. Una práctica tan necesaria (para el presupuesto familiar) como inconveniente (para los animales que terminan siendo atrapados, como jacarés y hasta anacondas).
Muchos de estos flutuantes incluyen además, al fondo, la casa de sus dueños. Durante la travesía también resulta fácil ver barcos de madera que sirven de casa, y hasta mini poblaciones callampa ancladas entre los árboles, para evitar que las arrastre el río. Y sólo entonces, uno empieza a vislumbrar superficialmente de qué se trata la vida en esta zona, donde el río y la selva - a pesar de la devastadora acción del hombre- todavía se las arreglan para marcar el ritmo de sus ocupantes, y no al revés.
En la lancha, los fotógrafos gastan y gastan megas de memoria. Se ven islas de troncos esperando su traslado a los aserraderos vecinos. Barcos cargados hasta el mástil con la producción de malva de todo un año, una fibra natural que se cultiva cuando el río está bajo (el nivel del río cambia hasta una decena de metros, permitiendo la aparición de bonitas playas en varios sectores), sirve de aislante natural y para tejer sacos, entre muchos otros usos, y que se vende a mil reales la tonelada, una fortuna que los intermediarios seguro convierten en fortunas aún mayores.
Cuatro: el atardecer.
Puede parecer redundante... Cinco días de viaje, tres atardeceres impresionantes. Si no se quiere caer en el cliché, tomemos en cuenta estas estadísticas nada científicas.
Hay algo especial en los atardeceres amazónicos. La paleta de colores parece más generosa y la luminosidad, mayor. Fuerte. Si el color del día es el violeta, el cielo entero se pone de ese color, no sólo la zona donde se mete el sol. Nos encontramos uno de esos de regreso al barco. Escuchamos por la radio los llamados a los botes para que apuren el tranco. No hay muchas ganas. A bordo de la lancha, todos dan pelea por esperar un rato. El violeta está salpicado de púrpuras, dorados y anaranjados. Encontramos un almacén–bar, con una larga plataforma que sirve de muelle. Encima, dos mesas. Una en el extremo, con un chico conversando despreocupadamente, de espaldas al espectáculo. Debe estar acostumbrado.
Cinco: el regreso.
El rutero del Grand Amazon dura tres días (cuatro para la ruta por el río Negro, y está la opción de tomar ambos y completar la semana) con partida y regreso al mismo puerto: Manaos. Muy de amanecida, antes de llegar a la ciudad, se puede ver tranquilamente el "Encuentro de las Aguas", un fenómeno natural donde las aguas negras y chocolate de los ríos Negro y Solimões, se mantienen separadas, sin mezclarse, por varios kilómetros, debido a la diferencia de temperaturas y velocidades.
Manaos, de ida o de regreso, vale el día o dos que se pase ahí, haciendo escala. La ciudad fundada en el siglo 17 pero que se hizo famosa el 19, de la mano de la industria del caucho, tiene sus atractivos. Aunque nada más fuese para echarle una mirada al impresionante Teatro Amazonas, un clásico edificio de cúpula colorida, que fue levantado precisamente en los años de esplendor cauchero, para traer desde Europa a alguna de las orquestas y artistas clásicos más importantes de su época. Todavía se hacen festivales y eventos en él, y desde la loma en que está enclavado, se puede dar una mirada rápida al centro histórico de esta ciudad, que ahora es una de las más industrializadas del Amazonas. Claro que no es el único despliegue de "poder cauchero" en la ciudad: de hecho, también se puede visitar el Palacio de Río Negro (7 de Setembro 1546) o, mejor aún, el Mercado Municipal (rua dos Bares 46), que es una reproducción del de Las Halles, en París.
En Manaos también hay varios buenos sitios para comer. Si se permiten las sugerencias, debiera asomarse al Moronguetá (rua Jaith Chaves 31, Vila da Felicidade; tel.55–92/3615 3362), de cocina regional, con una agotadora lista de preparaciones para el pirarucú y el pacú, entre otros peces, una bonita terraza desde donde se alcanza a ver el mentado Encuentro de las Aguas y el Porto do Ceasa, y donde la cuenta anda por los 35 reales por pareja. También está el Açai (Rua Acre 98, Vieralves; tel. 55–92/3635 3637), donde 42 de los 45 platos del menú tienen que ver con peces y mariscos. De hecho ha recibido varios premios (el último, 2006 por la prestigiosa revista Veja) por su unha de caranguejo, hecho de cangrejo. Aquí la comida anda por los 35 reales por persona. Y está el sencillo y acogedor Choupana (rua Recife 790, Adrianapolis; tel. 55–92 3635 3878; www.restaurantechoupana.com.br), con música en vivo y, claro, mucho pescado en el menú.
Datos prácticos
Llegar: A Manaos vuela Tam y Gol, con tarifas desde 536 dólares, más impuestos.
Navegar: El circuito de tres noches y cuatro días por el río Solimões cuesta desde 688 dólares por persona con alojamiento, comidas, bar abierto y excursiones. Puede contratar el programa en Chile con CVC (cvclatinoamerica.com), Turisclub (www.turisclub.cl) o directamente con Iberostar (www.iberostar.com).
Dormir: Hotel Tropical Business, es el hotel principal dentro de un enorme complejo hotelero. Está en el sector de Ponta Negra. Desde 124 dólares; tienen paquetes de tres noches con excursiones 354 dólares.
www.tropicalhotel.com.br
Fuente: Mauricio Alarcón C. / EMOL
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| Publicado por: Gustavo Guillen |
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