El continente tiene lugares que atraen miradas y visitantes por su historia, su arquitectura centenaria, su tradición, por la huella que diversas culturas -desde precolombinas a la española- dejaron en ellos, y que les ha valido el apelativo de "patrimonio". Es decir, eso que cada país considera su herencia principal.
La cuna boliviana de los incas Copacabana-Tiwanaku
Copacabana es la cuna de la cultura aymara y para llegar, desde La Paz, hay que hacer un viaje de tres a cuatro horas por una región árida que se transforma al bordear inmensas montañas de verdes vivos. En ocasiones toca detener la marcha para dar paso a niños pastores que trasladan ovejas o llamas. Mientras el bus hace estas pausas, puede contemplar el azul destellante del lago navegable más alto del mundo: el Titicaca. Tras decenas de curvas, se desciende hasta Copacabana, donde destaca su portentosa Basílica, de 1550.
Cerca está la Isla del Sol, la más grande del lago, originalmente llamada Isla Titicaca. Luego de unos minutos de ascensos y descensos se alcanza la Chinkana, o laberinto, que construyeron los antiguos pobladores. En este circuito se puede ver la Roca Sagrada, de donde la tradición dice que emergieron Manco Kapac y Mama O'cllo para fundar la ciudad de Cusco y civilizar a los hombres.
En Bolivia también se puede conocer la civilización Tiwanaku, cuyo elevado conocimiento sirvió de base a la cultura inca, a la que fue anexada en el siglo 13.
Las ruinas de Tiwanaku son las más importantes de América del Sur después de Machu Picchu. Están 70 kilómetros al noroeste de La Paz, a 3.885 metros sobre el nivel del mar, y aún reflejan el esplendor de su cultura. Entre los hitos de la ciudadela están el templete semisubterráneo (con muros adornados con 175 cabezas de piedra caliza que muestran rasgos de diversas etnias), y el más famoso, la Puerta del Sol. Trabajada en un solo bloque de piedra de 10 toneladas, fue parte de una edificación mayor que pudo estar en la cima de la Pirámide de Akapana.
La visita puede terminar en el Museo Regional de Tiwanaku, que exhibe piezas de cerámica, piedra y metal, o fabricados con huesos y restos humanos.
El inagotable encanto Uruguayo Colonia del Sacramento
Los argentinos acuden a Colonia del Sacramento en escapadas románticas. Españoles, brasileños y portugueses, por la cuestión histórica. Ingleses y estadounidenses, porque por allí andaban sus bucaneros. Otros, porque leyeron a Borges y piensan que algo tendrá para haber despertado pasiones en el formidable literato.
Colonia del Sacramento es una joya y todo el departamento guarda rincones tan inolvidables como poco conocidos. La ciudad abarca todo lo que se cobijaba tras las murallas construidas por orden del portugués Manuel de Lobo, para disputarle a Buenos Aires el tráfico por los ríos de la Plata y Paraná. Por casi cien años, esta ciudad-fortaleza fue invadida y negociada. Ahora, los invasores son turistas, que con algo de suerte pueden ver un espectáculo o desfile de militares históricamente ataviados, luego de recorrer los museos, uno tras otro, todos repletos de efectos de la época de la colonia.
Si va en auto desde Montevideo, pasará por Colonia Suiza y verá sus famosos quesos y mermeladas (lo mejor es que dejan probarlos, antes de comprar). Luego hay que seguir unos diez kilómetros hasta Colonia Valdense, donde se refugiaron algunos piamonteses después de que les arrebataran su reino y los persiguieran por su religión.
El Reino brasilero del oro y los diamantes Ouro Preto y la Estrada Real
Es casi seguro que usted conoce Ouro Preto, aunque no lo sepa: ahí se graban las teleseries históricas sobre el Brasil colonial. Esta ciudadela barroca fue el corazón de la fiebre del oro que vivieron los brasileños en el siglo 18, cuando se alcanzaron a extraer casi 1.500 toneladas en unos cien años. Eso según los estudios modernos, los mismos que dicen que el 80 por ciento de esa cantidad terminó en Portugal.
Lo que quedó en Ouro Preto alcanzó para levantar una ciudad alucinante, llena de palacetes, iglesias señoriales y tesoros artísticos. Tanto que la ciudad es ahora la escala más famosa en el circuito llamado "Estrada Real", una ruta que pasa por los principales hitos del tráfico de oro y diamantes.
En Ouro Preto, el recorrido ideal parte en la Plaza Tiradentes (rodeada de joyerías) y continúa en el Museo de la Inconfidencia, donde se recuerda la primera intentona independentista de Brasil. Más tarde hay que visitar Nuestra Señora del Pilar por los 300 kilos de oro que decoran su interior, en un despliegue que combina estilos barroco, rococó y neoclásico. Ésta es sólo una de las 22 iglesias de la ciudad. Ojo con San Francisco de Asís, donde se atesoran obras de Antonio Francisco Lisboa, Aleijadinho, el mayor artista colonial del país. Desde aquí puede visitar otras ciudades de la Estrada Real. Esenciales son Congonhas y Diamantina, donde vivió la esclava más famosa de Brasil: Xica da Silva.
El misterio de Perú Chavín de Huantar
Entre la Cordillera Blanca y el cañón del río Marañón se expande el Callejón de Conchucos, una zona que alberga paisajes de ensueño, pueblos cargados de tradición y destinos ideales para practicar deportes de aventura. A lo largo de esta ruta existen diversos circuitos turísticos, y uno de ellos es el que se inicia en Chavín, donde se ubica el monumento arqueológico del mismo nombre, declarado Patrimonio de la Humanidad.
Éste fue un lugar para ceremonias y rituales de los sacerdotes guerreros de la cultura Chavín. Su arquitectura en piedra incluyó hasta una técnica antisísmica. Destacan representaciones como el lanzón monolítico (deidad principal de esta cultura) y las cabezas clavas o guardianes.
A partir de este año, el circuito será iluminado en fechas especiales como Semana Santa, fiestas patrias y fines de semana largos.
El sitio se visita de martes a domingo, entre las 9 y las 17 horas, y lo más recomendable es ir también al Museo Nacional de Chavín, que exhibe piezas originales.
Desde Chavín se pueden hacer otros circuitos. Al amanecer, mientras artesanos textileros y talladores inician su faena, uno puede dirigirse hacia la comunidad de Acopalca, en el distrito de Huari. Tras una hora de camino asfaltado y 20 minutos de trocha, se llega a la Central Hidroeléctrica María Jiray, desde donde se puede ir a conocer la catarata que lleva el mismo nombre y que tiene una caída de 300 metros.
Grupo de Diarios América / El Mercurio.com



